viernes, 13 de junio de 2014

Inscripciones en una pared (y 3)

Ilustración de la portada de "Stoffel fliegt übers Meer", de Erika Mann (1932), realizada por Richard Hallgarten
"Le conocíamos desde la más tierna infancia, cuando sus padres eran nuestros buenos vecinos de los nuestros. Su apariencia era tan delicada como audaz, tan salvaje como sensible. El abundante pelo oscuro y rebelde le caía sobre una frente baja que a menudo se oscurecía nerviosamente. Sus ojos, un poco juntos bajo el bello arco de unas cejas espesas, reflejaban con enternecedora sinceridad los cambios tumultuosos de su alma (...) era ingenioso e ingenuo, inocente y astuto. Ricki [Richard Hallgarten] (...) no quería aprender latín, quería pintar (...) En los cuadros de Ricki siempre había inválidos, ancianos ciegos en un paisaje desierto y lúgubre, jorobados con gatos escuálidos, pálidas y raquíticas niñas de enormes ojos formando un grupo inmóvil.
Amaba a los niños, los gatos y las montañas, y nosotros le amábamos a él. Íbamos juntos al colegio (¡cuando se dignaba asistir a clase!), e íbamos a nadar y a patinar sobre el hielo. Nos peleábamos y filosofábamos, nos reíamos y escuchábamos música juntos. Descubrimos los secretos del sexo ("¡Así se hacen los bebés! ¡Quién lo hubiera dicho!"), resolvimos los enigmas del universo, nos reíamos de los adultos y nos tomábamos a nosotros mismos muy en serio, siempre juntos, siempre juntos..."
"Bruno Frank fue uno de los primeros que intentaron explicar por medio de la narración la crisis aún latente (...) El concepto de "persas" en el contexto de este relato inteligente y lleno de correspondencias ["Novela política", 1928] se refiere a todo lo que es esencialmente irreconciliable con nuestra idea de la dignidad humano, a todo lo que se opone agresivamente a esta idea (...) ¡Los persas se acercan!... El grito de terror y de combate de los helenos no ha perdido nada de su fatal actualidad".
"Detrás de la fachada todavía intacta de nuestra existencia parada en un siniestro punto muerto apareció la señal de advertencia. Jeroglíficos rojos como la sangre sobre el horizonte oscurecido: MENE, MENE, TEKEL, UPHARSIN...*
He perdido más amigos por suicidio (incluyendo aquí también las formas indirectas de la autodestrucción) que por enfermedad, crimen o accidente desgraciado. En mi círculo más íntimo hubo varias epidemias suicidas. La primera tuvo lugar en los años inmediatos a la instauración del Tercer Reich".
"El motociclista", de Lotte Laserstein (1929)
"(...) Cada dos días Ricki venía desde el Ammersee, donde tenía una casita, a Múnich para charlar con sus amigos, visitar una exposición, ir al cine o distraerse de cualquier otra manera (...) nunca se interesó mucho por la política, pero en estos últimos años podía suceder que alguna noticia (...) especialmente irritante o inquietante desencadenara en él un torrente de locuacidad desesperada: -¡Esto es el final! (...) ¡Se acabó, se acabó, se acabó para vosotros y para mí, para todos nosotros! (...) ¡Los nazis vendrán y descuartizarán a mi pequeño perro Wolfram y romperán el coche de Erika y tus libros, Klaus, y también mis cuadros!
(...) Entonces hacía una parodia de Hitler (...) hasta que todos llorábamos de risa en lugar de llorar de pena y miedo (...): -¡Ese mediocre! ¿Y porque un personaje así triunfe vamos nosotros a tirar la toalla? ¡Qué idea tan disparatada!
Nosotros no queríamos que él tirara la toalla. Era nuestro mejor amigo, nuestro hermano (...) hicimos lo que pudimos para retenerle (...)" 
"El viaje a Persia que proyectamos por entonces era sólo una de nuestras estratagemas para distraer a Ricki de su obsesión con la muerte. Iba a ser una expedición en dos automóviles a través de los Balcanes y Asia Menor (...) Annemarie S. [Schwarzenbach], la "niña suiza", formaría parte del cuarteto formado por Erika, Ricki y yo (...)
Nos lanzamos a los preparativos del viaje (...) Ricki estaba en todo. Compró tiendas de campaña y termos, salacots, (...) Estaba especialmente orgulloso de un par de zapatos (...) unas botas marrones muy sólidas pero bonitas, que supuestamente durarían quince años (...) parecía totalmente entregado al proyecto (...) me preguntó en una ocasión (...) si me gustaría recibir de repente una cantidad importante de dinero.
Fotografía: Klaus Mann, Annemarie Schwarzenbach, Erika Mann y Ricki Hallgarten
Todo esto no me gustaba nada (...) -Por cierto, Klaus, ¿qué número de zapato calzas?
Le pregunté, de nuevo extrañado, qué tenía que ver mi número de zapatos con este asunto. Ricki se rió: -¡Sólo preguntaba! (...)
Nuestra partida estaba fijada para el día 5 de mayo de 1932. El día anterior fuimos a los estudios de la productora de cine Emelka, donde nos iban a filmar para el noticiero (...)
Pasamos el resto del día juntos; la noche en el Regina-Bar fue especialmente entrañable. Ya era medianoche cuando nos separamos. Ricki aún tenía que ir a su casa del Ammersee a recoger su equipaje. Habíamos acordado que nos encontraríamos con él al día siguiente hacia las tres de la tarde.
Klaus Mann, Italia, 1944, como sargento  escribiente o de oficinas. Parece que participó en la redacción de octavillas para los ejércitos británico y estadounidense, entre otras contribuciones
A la mañana siguiente, mientras hacíamos las maletas, nos telefoneó dos veces (...) A la hora de comer tuvimos invitados. Nuestra amiga Annemarie S. y nuestra amiga Eva Herrmann, la caricaturista germano-americana de rostro estilizado como una gema, con la que Ricki había estado muy unido los últimos años. Era domingo y además era nuestra comida de despedida (...)
El teléfono sonó en la habitación de al lado (...) Como si hubiera sido ayer, no puedo olvidarlo... La cara de mi madre se puso de pronto muy seria, una cara gris, como si hubiera caído sobre ella una lluvia de ceniza. Oigo su voz, un murmullo ronco, muy formal y correcto, como corresponde a una conferencia con la autoridad (...)
Ricki se había disparado una bala en la cabeza hacia las doce de la mañana (...) Su único mensaje de despedida fue un papel en el que había escrito con su letra barroca: "¡Estimado señor agente! Acabo de suicidarme. Por favor avise a la señora de Thomas Mann en Múnich. Suyo servidor R.H."
"(...) Cogidos de la mano [Klaus y su hermana, Erika], como dos niños aterrados, subimos en la pálida penumbra a la habitación (...)
-¿Que es... eso? -La pared estaba salpicada de sangre. Ricki había dejado las últimas huellas de su vida húmeda y perecedera sobre la superficie encalada como un dibujo (...) La inscripción de sangre en la pared nos inmovilizaba, como un último mensaje cuyo sentido no éramos capaces de entender.
MENE, MENE, TEKEL...
¿A qué se refería la espectral fórmula? ¿A la vergonzosa farsa que habría de tener lugar en un cercano futuro de nuestra degrada patria? (...)"
"...Mi amado Kurfürstendamm..."
"El 30 de enero de 1933 abandoné Berlín muy de mañana agitado por una negra premonición. Las calles estaban aún relativamente vacías cuando me dirigí a la estación Anhalter (...) Mi objetivo era Múnich, pero tenía que interrumpir mi viaje en Leipzig. Allí mi esperaba Erich Ebermayer, con el que entonces preparaba una dramatización de la novela de Saint-Exupéry Vuelo Nocturno (...) Erich tenía un aspecto desmejorado e inquieto cuando me recibió en la estación.
-¿Qué pasa? -le pregunté.
-¿No te has enterado? El Viejo le acaba de nombrar, hace una hora.
-¿El Viejo?... ¿A quién?
-A Hitler. Ya es canciller.
Y esto es lo que significa la inscripción que aparece en la pared y está escrita con sangre MENE, MENE, TEKEL, UPHARSIN:
Contados están los días de tu reino. Has sido pesado y juzgado demasiado ligero. tu reino se desmorona, tu reino será entregado a los medos y a los persas.
¡Los persas! Vienen los persas..."
(*) Palabras arameas que aparecieron escritas por una mano cercenada en las paredes del palacio del rey Belsazar de Babilonia y que avisaban de la caída de su reino (Daniel 5, 1:30)


Casa de los Mann en Munich, en 2005. Fotografía: Senator68.

“Entre mis papeles de ese tiempo [su adolescencia] hallo estas líneas que escribí una noche con mano intranquila en una cuartilla al despertar bruscamente del sueño:
"Una voz extraña, dulce e imperativa, me despierta del profundo sueño. ¿De dónde me llega la llamada?
¡Bienvenido, mi guía!
Aquí estoy, dispuesto a seguir, no me importa a quién…
¡Seas quien seas, con tu ayuda me encontraré al final conmigo mismo!”

Fuente:
Mann, Klaus. "Cambio de rumbo. Crónica de una vida". Traducción: Genoveva Dieterich y Anton Dieterich, 2007. Alba Editorial, S.L., 2007.